martes, 28 de julio de 2015

Jack Adams


El otro día soñé que soñabas a mi lado. Soñé con tu respiración profunda, con tu torso desnudo, siguiendo el ritmo tranquilo subiendo y bajando a un compás de los que siguen soñando. Soñé que reposaba mi cabeza en tu pecho y pude oír con claridad cada latido de tu corazón roto. Soñé, aquella noche, que el viento hacía bailar las cortinas de un palacio. Que descansábamos sobre una cama de rosas, que tus brazos rodeaban mi cintura, que una sonrisa adornaba tu rostro, que dormido, reías. Algo soñabas allí, conmigo. Tal vez soñabas con tus propias palabras, haciendo efecto en mi estómago, transformando las mariposas en carcajadas. Que soñamos tantas cosas...que yo qué sé, si realmente no estábamos soñando.
Pero el sueño estaba abrazado a la tormenta. Al rugido del cielo, enfadado con nosotros. Que el sueño unía dos cosas que no pueden estar juntas. Un corazón roto y sangrante que no pude cicatrizar, y un corazón recientemente hecho pedazos por aquello por lo que sigue suspirando. Masoquismo puro, esa es la materia con la que se tejen los sueños. Tristeza y alegría. Lealtad y traición. Y un profundo respeto conteniendo un odio irreversible. Soñamos tanto, que el cielo preso de furia nos gritó, y el palacio entero tembló.
Y me encontré en una cama de clavos, el viento solo movía las cortinas de mi habitación, que solo podían ser de palacio en mi imaginación. Ojalá fuera tan fácil no soñar. Desperté abrazada a la nada, sin saber si lo soñado eran torturas que mi cabeza decidió regalarme, o tal vez un analgésico para que la enfermedad no duela demasiado.

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