jueves, 20 de agosto de 2015

A ti siempre te escribo

Cenicienta se hizo real ante mis ojos.
La niña más bella, la de los rizos de oro, la chica que te inundaba con los mares que rugían en su mirada.
Atrapada estaba ella, mas consiguió pedir auxilio.
Y qué tontos fueron los oídos que la escucharon, no fueron otros más que los míos.
Ella y yo éramos iguales, a nuestra singular manera. El mundo nunca había visto su belleza, y tampoco sucedió al contrario.
Mas yo había sido testigo de ambas, y nunca salí de los libros que me apresaban.
Un sueño pensé que era cuando la conocí. Otro libro más. Ella era una chica atrapada, como yo. Sin embargo, habiendo vivido yo mil vidas, ella suspiraba por sentir la suya.
"¿Quieres bailar?" Me preguntó con gracia, me invitó con picardía, como hacen todas las niñas buenas antes de sonreír a los pecados que nunca contarían.
"No sé bailar" contesté, no queriendo corromper esa sonrisa, sabiendo que la noche nos llevaría más allá de la música.
"Aprenderemos" sentenció, dándole la mano a mi corazón.
La música calló los demonios que nos vigilaban, y por una noche dejamos de ser esclavos de nuestras cárceles imaginarias.
"¿Quieres sentir?" Le pregunté con ímpetu, la invité con pasión, como hacen todos los niños tontos cuando sucumben al amor.
"No sé sentir" confesó, no queriendo asustar a la mente que llevaba la pluma y pasaba las páginas, sabiendo que pese a ello, ardía en deseos de que la enseñara.
"Aprenderás" sentencié, dándole la mano a su pecho.
Los suspiros mataron los demonios que nos esclavizaban y por una noche dejamos de ser vigilados en nuestras cárceles imaginarias.
"¿Qué eres?" Me preguntó con dulzura, con sus ojillos entrecerrados, a segundos de dormirse en mis brazos.
"¿'Qué', mi señora? Me sorprendí. "No usas quién mas que. Nombres no quieres, imagino. ¿Qué quieres pues?"
"El mundo te conoce,  mas a mí no. ¿Qué eres para él?"
"Escritor, mi señora. Soy un escritor."
"Eso es precioso, mi amor. Y ahora dime: ¿Qué soy yo?"
"¿Qué eres?" Volví a quedarme perplejo.
"El mundo no me ha visto todavía. No sé si podrá verme al amanecer. No soy nadie, pues. Nunca lo seré."
"Blasfemias dices, chiquilla. Tú eres un mundo entero, no necesitas de otro. ¿Deseas una historia? Muy bien, yo te la escribiré. Serás rica, serás famosa, serás una heroína, espada de todas las batallas. Y serás reina, mi amor, y entre todos los tesoros que se te ofrezcan, tendrás por siempre mi vida."
La niña sonrió y en mis brazos al fin descansó.
Cerré los ojos, contento de haberla hecho feliz. Viviría para ello el resto de mi vida. No habría ni un segundo perdido sin su sonrisa.
La mañana llegó iluminando mi cama vacía. Ladrón tonto fui yo al raptar a su niña pequeña. Pues antes de irse para siempre de su lado por mi condenada culpa, se vengó robándome lo único que tenía.
Y aquí me tenéis, queridos lectores, escribiendo para ella durante el resto de mis días.

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