domingo, 18 de septiembre de 2016

Tres besos por un corazón, metepatas por vocación

“Nunca más” dijo mi corazón.
Ya me gustaría. Niña cierra los ojitos, que no vale la pena ver más allá, sigue con tus gafas viejas, si es que las quieres usar. Dices que nada cambia y no es verdad. Han roto tu alma y ya no puedes más. Ayer jugabas con los dragones que solo tú podías ver volar, hoy por ese idiota te vas a la cama a llorar.
Nunca más.
La última vez te levantaste a base de besos baratos, de copas vacías, de fachadas con ladrillos de mentiras. Jugabas a ser otra, como si eso importara. No te encontraste, pues tu espíritu se quedó en las historias que nunca me contaste. Entonces le viste y por un ángel lo tomaste.
Nunca más.
Niña ese ángel se había caído, tenía las alas rotas, los ojitos negros que por ti no brillaban. Tú creíste que ese chaval te salvaría; tú y tu cabecita, llena de tonterías. Ya pensaste igual del otro, cuando tu pecho nadie había roto. Cuando te vendó los ojos para bailar, desde entonces ya no puedes hacerlo.
Nunca más.
Niña tonta, ¿qué estás haciendo? Aquel pirata bailó contigo y mira que la sordera de tus pies no tenía cura. Aquel ángel te salvó y tú aún con tus dudas. Vaya idiotas hijos de la gran…judas. Sabes que es mentira todo eso que te asusta. Tres besos por un corazón, metepatas por vocación. Nunca más importará lo de aparentar ser campeón.
Siempre aquí.
Aquí os guardo, peligrosos suicidas. Me enseñasteis la besar despacio, a cantar sin prisa, a cerrar los ojos y respirar la brisa. Ella no es otra que vuestro aliento en mi almohada, si es que todavía os quedáis hasta la madrugada. Con el corazón roto y la tristeza en el alma, hoy confieso, pasados míos, que puedo amar más allá del filo de tu cama.
Siempre aquí.
Aquí os escribo, que no muera la costumbre. Mil poemas os dedico, por arrancaros de la muchedumbre. Supongo que, tras sacarme el hacha entre pecho y espalda, puedo recordar para siempre tus miradas, depredador inquieto, nada duele en el recuerdo. Vuelven los poemas rotos, siete novelas que nunca te verán y los dedos sanos para escribir de nuevo atenta a la siguiente tempestad.
“Siempre aquí” dijo mi alma.
Hoy reía contenta, así que gracias, hijo de…


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