domingo, 2 de octubre de 2016

No hagáis caso a la cabeza

Me revienta bastante que la inmensa mayoría quiera estudiar lo que de seguro le dará dinero, pensando que ese es el camino fácil y, en caso de resultar tarea sencilla, acabe descubriendo que fue sin duda su decisión más cobarde.

El problema está cuando no es cosa de niños, y es que no suele serlo.

Hace tiempo me topé con un vídeo que hablaba de las ocho inteligencias que podría desarrollar el cerebro. En resumidas cuentas, a nuestra cabeza le puede resultar increíblemente más sencillo realizar conexiones neuronales relacionadas con los cálculos matemáticos pero ser pésima en entender el comportamiento y desarrollo de una lengua, o tener una extrema coordinación pero una nula empatía para comprender lo que sucede en las mentes de otras personas. Por supuesto, con esfuerzo y dedicacion todo es posible. Es más, mentiría si dijera que esas dos cualidades no se necesitan para utilizar tus potenciales. Sin embargo, he de recalcar en esa palabra "potencial", que no es lo mismo que "posibilidad" como el resto de las habilidades cognitivas. Lo que es verdaderamente "fácil", en este aspecto, es seguir tus propias capacidades antes que las que una masa te pueda imponer.

Si de pequeño cogiste una guitarra y los dedos se te llenaron de callos en menos de un mes, enhorabuena: algo estás haciendo bien. Si te aprendiste las tablas de multiplicar antes de que tus compañeros supieran bajar los dedos contanto dos y dos como si se estuvieran haciendo un selfie, enhorabuena: sigue por ahí. Creo que todos, absolutamente todos, deberíamos analizar nuestra infancia para tomar las decisiones que nos afectarán en el futuro. Es obvio que todo se puede cambiar y que nada está escrito..., nada salvo nuestro adn. Perdonadme si me declaro fan de la predisposición genética, pero cada dos por tres me topo con pruebas de su existencia. Siempre me ha gustado pensar que tengo cierta debilidad por los idiomas gracias a mi abuelo, al cuál nunca conocí. Ni que decir tiene la cantidad de gente que me encuentro que se parece irremediablemente a sus padres o a otros familiares, y no sólo por el hecho de crecer en un ambiente cercano e intentar copiar los mismos actos.

Os hablo de la frase de "lo llevas en la sangre". Cada día la veo más y más cierta. Es el talento, algo que hoy en día nadie quiere explotar. ¿La razón? No es otra que el mismísimo miedo. Tanto el miedo al fracaso como el miedo al éxito, ambos muy "puñeteros". El miedo al fracaso se esconde en el futuro incierto, donde todo apunta a que si estudias arte dramático no vas a tener ni para el pan. El miedo al éxito no es otro que el "qué dirán". Esa frase se te mete dentro si sigues tus instintos por culpa de la constante presión psicológica, con frases como: "¿pero eso tiene salidas?", "¿Y qué harás a parte de eso? Para conseguir algo de dinerillo, digo" (...). Es difícil pensar en respuestas ingeniosas si tu receptor es, como siempre, de mente muy cerrada.

Ya me gustaría a mí tener un trabajo estable y compensar a mis padres por todo lo que se han volcado en mí y lo mucho que han invertido sólo para que fuera feliz. Ya me gustaría tener mi pisito en la ciudad, para ser una boca menos que alimentar, unos estudios menos que pagar y llevarme a la cachorrita tocapelotas que tenemos destrozando la casa. Ya me gustaría tener seguridad económica. Pero, ¿sabéis una cosa? Eso es un sueño, es una maldita quimera. Creédme si os digo que eso es soñar más que verse en un escenario con veinte mil personas aplaudiéndote, porque lo he visto. Un amigo mío ha estado ahí arriba de la mano de quien admiraba desde crío, cosa que parece imposible. Y sin embargo, ¿puedo deciros de alguien que tenga su vida asegurada? ¿Alguien con trabajo fijo y que crea que ser mileurista no es que te haya tocado la lotería?

Estoy viendo unas cosas que me hacen prácticamente asumir que no voy a cobrar más de quinientos euros en un futuro en el que no me rechacen en una entrevista de trabajo porque parece que tienes doce años y eso daría imagen de explotación infantil a la empresa. Un futuro en el que, si me independizo, lo haré en un loft de esos que comparten salón, cocina y dormitorio y solo hay una puerta de privacidad para un baño pequeño. Eso es lo que espero, esa es mi triste visión realista de la vida, visión que, curiosamente, ni si quiera me parece mala en los tiempos que corren. De pequeña soñaba con castillos y barcos, ahora me conformo con esto.

Con esa visión de futuro, lo que menos quiero ahora es amargarme. Es más, creo que esto me da mucho más miedo que las arañas y ya es, porque no tengo ni idea de cómo calmar esa fobia irracional y mira que lo intento. Vivir amargada... me aterroriza. Me da pánico porque es así como vive el mundo. Amargado, sin potencial de cambio, siguiendo el cúmulo de seguridades que le brindan cortinas de humo.

He pasado doce años de mi vida acudiendo por las mañanas a lo que a mí siempre me ha parecido una cárcel con colores diferentes. Donde tus compañeros cazurros esperan a que se te caiga el bolígrafo como allí esperan a que se te caiga la pastilla de jabón. Donde tus profesores te cortan las alas y si tienes una duda es que eres tonto y no un niño curioso. Donde compites por un sitio cerca del radiador en invierno para no volver a coger otra neumonía y donde no te puedes quitar el abrigo porque hasta en enero no pondrán la calefacción para ahorrar unos eurillos. Donde las chicas se burlan de ti y los chicos son demasiado chicos para comprender que puedes ser su amiga sin llegar a masculinizarte hasta tal punto de rascarte el pantalon como si te colgara algo que ni tienes. Donde si te escondes en la biblioteca eres un friki, ahí solo iban los castigados y no los que querían aprender. Donde si pides ayuda se replantean mandarte un psicólogo y al resto les dan una palmadita en la espalda si prometen no volver a hacerlo de nuevo. Donde si preguntas por lo que hay más allá de las paredes escolares te ponen una presentación de cuántos exámenes de selectividad vas a hacer en tres días y lo mucho que vas a tener que estudiar en vez de explicarte cómo demonios matricularte sin cagarla tantas veces que hasta tú solito eres capaz de colapsar el servidor de la universidad.

Creo que soy de las pocas de mi clase en la facultad que no ha flipado en colores los primeros meses, supongo que porque tuve la sensatez de informarme y porque tengo los padres que tengo. Lo que no te cuentan en bachillerato es lo que te espera más allá. Que cambia la forma de estudiar, de pensar, de ver el mundo. Que si no te las apañas por tu cuenta estás condenado al fracaso. Donde importa mil veces menos un examen que tu capacidad de análisis y de defender tus argumentos delante de un público que pondrá en duda hasta tus gestos. Estas cosas me las han enseñado... ah, sí, nunca. Al menos no en el sitio donde se supone que nos preparan para ello. Algo me llevo de mis padres, algo del teatro, pero el resto es cosa mía. El primer año de universidad se te hace muy duro si vas a ciegas, que es como te mandan desde el instituto. Ni la selectividad, ni la reválida, ni una sola nota demuestra nada.

Tanto este año como el anterior me he topado con numerosos chavales que se están dando cuenta de que ese no es su sitio. Ya sea por estudiar lo que no va con sus instintos o por seguir la fiebre "universititis" que nos hace creer que con una carrera tendremos el futuro asegurado, dejando las formaciones profesionales, cursos o luchar por abrirte paso en el mercado laboral totalmente vacías. Nos quedamos con aulas llenas de gente perdida y trabajadores ancianos. Para que luego digan que no hay dinero. Así, seguro que jamás lo produciremos.

Pocos chavales se les ve con vocación. Siempre lo he dicho, si te metes a medicina, métete porque te puede la empatía y tu alma te pide a gritos ayudar al resto, por no hablar de que tienes que tener una capacidad mental extraordinaria. Así se hace a un cirujano, no a un amargado en una consulta que mira la foto de Eric Clapton recordando aquellos tiempos en los que soñaba ser él. Para todo en esta vida hay que sudar, pero no vamos a gastar nuestras energías en un destino equivocado.

No perdamos el tiempo, no nos amarguemos. No nos metamos a tal cosa u otra "por hacer algo". Si sabemos lo que queremos, ¿por qué nos lo negamos? Esos doce años de puro infierno me han hecho darme cuenta de que no pienso pasar más tiempo de mi vida estudiando algo que no me motiva. No quiero pillarme depresiones de caballo por no ser capaz de demostrar que llego a unos niveles que ni si quiera son míos.

Os lo dice alguien que mira con recelo otros estudios pensando que todavía puede llenarse las rodillas de barro y perder pinceles entre los huesos que me provocarán estornudar hasta perder el sentido. Estoy enamoradísima de mi facultad y mis estudios, pero aún así siento que hay un vacío en mi alma, así que no me quiero ni imaginar a aquel que esté en ADE por tener un curro nada más salir de las puertas de la Alma Mater.

Lo que quiero transmitir con esto es... La verdad es que no lo sé. Es un poco de rabia, por ver como la gente que sabe que ese no es su camino no hace nada para remediarlo. Por ver como ya nadie lucha, ya nadie tiene lo que hay que tener. Es tristeza, porque los estándares sociales, el miedo al éxito y la incapacidad de ayudar a otros a potenciar sus talentos han acabado con las esperanzas de un ser muy querido. Es confusión, porque nunca he entendido ni entenderé a la gente y porque me aburre que todo el mundo esté cortado por el mismo patrón. Es envidia, por viciarme a series en las que mi cara podría aparecer algún día y aquí estoy comiendome los mocos por no atreverme a dar el siguiente paso en ese mundillo. Es ... es que me va a explotar la cabeza, porque hasta a mí me gustaría estar en otro sitio y tengo miedo de que llegue el día en el que no me quede nada que amar de esto y vuelvan mis ansiedades. Es ya pánico de que si consigo seguir mis planes, cuando llegue el momento me veré en otra encrucijada creyendo que debería estar en el campo de la biología genética honrando la memoria de mi abuela para que nadie más vuelva a pasar por lo que ella pasó.

Y me aterroriza pensar que si hasta yo tengo estas dudas y nunca me abandonan, ¿qué pasará por las cabezas de aquellos que saben que la han cagado totalmente pero no quieren tomar partido porque creen que todo se solucionará mágicamente gracias a hacer lo que les han mandado hacer?

Maldita sea, dejad de estar tan perdidos. Me cansa tener que explicaros mil veces cómo hacer la preinscripción y deciros con quién tenéis que hablar para solucionar vuestros problemas.
Me cansa porque todavía tengo esperanzas, pero lo cierto es que cada día que pasa veo a una gran mayoría de ovejitas a mi alrededor. Incapaces de razonar. Mi hermano me dice que tengo madera de líder, que lo demuestro inconscientemente. Lo cierto es que he intentado mil veces hacer entrar en razón a varios amigos míos, pero por mucho que escuchasen, jamás comprendían. Nada cambiaba en sus vidas, ni un solo problema, porque ellos no tomaban partido como buenamente aconsejé. Escribo esto ya no solo por desahogarme, sino por hacer un llamamiento al que quede por ahí que esté dispuesto a ser un desafío en mi vida o en la vida de alguien más.

Porque, la verdad, no creo que cambie nada con este post. Siento que vivo en un país lleno de idiotas y quizá ya va siendo hora de que los ridiculizados por las mayorías tomemos el control. Ojo, que yo hablo del control de mi vida, pero no hay más que mirar ahí arriba para ver cómo los que están en el poder se ríen de nosotros.

Que despierte quien quiera, yo ya paso de intentarlo más. El que esté dispuesto a divertirse un poco, que me llame -- El que siga al corazón y no a la cabeza, que cuente conmigo--. 

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