miércoles, 15 de febrero de 2017

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Tenías tu boca a diez suspiros de la mía y ya la expectación hacía que dudase de la capacidad de mi cuerpo de tenerse en pie.
En comparación, tus dedos bien podrían haber sido de cirujano ante mis manos temblorosas. Palma contra palma, nos dimos cuenta de lo grandes que eran las tuyas, pero hacían grandes a las mías cuando se entrelazaban.
Una media sonrisa se escapó de mi rostro; esa mezcla entre nervios y felicidad que ya no sabía cómo calmar. Tenía que parecer como que no era importante. No quería asustarte, no quería que pensaras que le doy tanta importancia a algo tan trivial. Lo cierto es… ah, si tú supieras... Para mí era importante todo. Tus llamadas sin sentido y con poca cobertura solo porque querías oír mi voz aunque fuera entrecortada. Cómo se te salía el corazón del pecho cuando te abrazaba. Cómo suspirabas cuando creías que yo estaba dormida. Cómo me cogías de la mano orgulloso… y todas, absolutamente todas y cada una de las veces en las que me provocaste una carjada incontrolable, rozando un sonido ridículo, pero feliz.
Especialmente feliz. Así que… ¿cómo quieres que no le de importancia a esto? No podía, simplemente no podía. Estaba feliz. Feliz de que me mirases como un lobo hambriento frente a su presa, intimidante, feroz y despiadado. Estaba feliz de que al acercarme a tus labios, al besarlos con tanto cuidado, como me enseñaste, toda esa rabia se esfumase, y mientras mi corazón se aceleraba, el tuyo se tranquilizaba. Si lo piensas, ¿qué tiene de especial eso? Una mezcla entre carne y saliva, qué simple. Sin embargo, dioses, ¿cómo? Cómo unos labios podían saber a miel, igual que en todos los clichés que había podido leer. Todos esos sabores provocaban chispas de mi estómago hacia abajo.
Me agencié de tus pulmones porque contigo delante se me había olvidado de cómo respirar. Cuando al fin pude tener algo de aliento de nuevo, nos separamos, pero solo unos milímetros, por favor. No quería dejar ni un pedazo de mi piel sin quedar en contacto con la tuya.
Era hasta gracioso: tenías las mejillas coloradas y el pelo de un científico loco. Culpa mía, si es que no sé dónde poner mis dedos cuando me emociono. Me reí de tus pintas y tú me fulminaste con la mirada, intentando asustarme, pero no pudiste aguantar más y los dos estallamos en carcajadas.
Me supongo entonces que mi aspecto poco distaba del tuyo. Sin borrar esa sonrisa de tu boca, empezaste a levantar mi camisa, acción que imité poco después. Mis dedos, de nuevo perdidos, se encontraron con los tuyos, que dibujaron un mapa por todo tu cuerpo para que los míos encontraran el tesoro de verte desnudo a mi lado. Y tú, levantando toda mi piel al más mínimo roce, no tardaste en dejarme de la misma manera. Dios, ni te imaginas la vuelta al corazón que me dio cuando te vi morderte el labio inferior, casi haciéndote sangre, solo por verme. Ahora eras tú el intranquilo. Tu pecho subía y bajaba como un barco en mitad de una tormenta. 
Dejé mis manos ahí y lo empujé a ahogarse conmigo entre las sábanas. Quería probar cuánto tiempo retendrías la inminente taquicardia si empezaba a decorar tu cuello con besos inocentes. Aguantabas poco. Muy poco. Por eso los besos dejaron de ser inocentes, por eso todavía llevas esa marca roja bajo la bufanda, callando al mundo que una vez tuviste un vampiro en tu cama. Si pudiera beber de ti de verdad… Ni las bufandas te ayudarían.
Había dejado todo tu cuerpo lleno de marcas: este cuello es mío, estos hombros son míos, este pecho me pertenece, en este vientre podría perderme, estos muslos también son míos. Todo lo es, aunque haya algunos detalles que hay que mimar más que arañar. No me preguntes por qué lo hice. Quería vengarme de tus yemas tan dulces recorriendo de arriba a abajo mi vientre y provocando que las mariposas explotaran dentro de él. Quería vengarme de tus dientes en mis pechos, destrozando todo a su paso mientras tus uñas se escondían entre la piel de mi espalda, de tus dedos tirando de mi pelo o perdiéndose entre mis piernas enseñándome que la temblequera del principio era toda una chiquillada.
 
  Todavía me duele la espalda, así que espero que a ti te duela el pecho por lo que vino a continuación. Comprende que, cuando tú y yo fuimos nosotros, cuando te encontré dentro de mí mientras te abrazaba con fuerza, mis dedos perdidos ya se habían encontrado, y copiaban con saña las heridas de mi espalda a tu pecho, casi buscando eso que creías perdido. Ni tú, ni yo, ni nosotros… era tu alma haciéndole el amor a la mía. Dijiste que me ibas a llevar al cielo cuando tú y yo dejáramos atrás el miedo. Así que, una vez allí, lo firmé con mis uñas.  El cielo no estaba allí arriba, tan inalcanzable, ni si quiera estaba donde tú y yo nos fundimos en uno, aunque desde allí sí que se podían ver las estrellas. Qué va, el cielo estaba protegiendo algo tan importante como es aquello que finges no tener, para que no te duela cuando me veas marchar.
Gracias por dejarme entrar.

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