viernes, 28 de abril de 2017

Trampas

Estos últimos días he hecho trampas, me he conectado a las redes. Espero que mi buen señor Lucifer pueda perdonar semejante grosería.
Para los que no lo supieran, he decidido salir de twitter, facebook, instagram y hasta whatsapp. Os he puesto la excusa de que necesitaba volver a escribir y creía que esa era la solución. Bueno, escribir, lo que es escribir, pues va a ser que no, pero al menos ya he descubierto la verdadera razón por la que mi cuerpo me ha pedido que huya de semejante desastre:
Todo está mal.
Lo que oyes. Qué cagada. Lo que lees, perdona. A veces creo que estoy conversando contigo en un bar cuando escribo.
Todo está fatal. El mundo es una mierda y tu vida es una mierda. Ya lo sabemos.
Tengo la sensación de que, por dentro, en vez de tener un corazón rojito y latiendo a 270 en cualquier situación, o unos pulmones de un bebé que se ahogan en… en cualquier situación; tal vez esté fabricada de cera. Ícaro, querido amigo, creo que empiezo a entender tu estupidez. Sois unos soles, para qué lo voy a negar. Cualquier ser humano me parece un sol, lleno de energía, en llamas.
Pero últimamente tenéis complejo de extintor. No sé si es porque me deshago con vuestras palabras o porque apagáis mis llamas. Mis llamas no se tocan. Quieto. ¡TST! Quita bicho.
La vida es una mierda, si es verdad. Y voy a copiar a Tony Flags haciendo esto porque ha sido demasiado bueno como para no hacerle un minihomenaje y porque así me libro de que me llaméis narcisita.
Mi mejor amiga, Elena Lara, va todos los días a la universidad con una sonrisa de oreja a oreja. Su madre dirá que eso es mentira, que por las mañanas tiene un humor de perros. Disculpe madre, pero yo no tomo café para desayunar. Tardo más en procesar que estoy fuera de la cama.
O sea, yo no, Elena, perdón.
Lo dicho, corrijamos esto. Elena pasa por la puerta de Caracciolos y se obliga a cambiar su carita infantil pintarrojeada con labial de rojo putita para parecer más mayor.
A su derecha ha visto que acaba de entrar en la casa de las letras. A su izquierda probablemente se encontrará a tres compañeros dormidos y otro despotricando sobre los cuarenta temas que se tiene que estudiar para Culturas y Civilizaciones. La máquina de refrescos le robará lo que le sobre para fotocopias y se pelearás por el sillón azul para dárselas de alguien importante, no sin antes cerrar la puerta porque, Hold the door, winter is coming.
Entrará y se chocará con las puertas de cristal que no detectan ni su alma. Los periódicos del veinte minutos se amontonan para contar un par de chistes malos bajo los anuncios de todas las conferencias a las que debería estar asistiendo.
Si tiene suerte, verá a su profesor de análisis literario, como si no le hubiese marcado nada en la vida, le saludará como un terremoto para que el otro asienta y siga a lo suyo. Pero no Elenita no le culpa. Las caras van y vienen.
Llena de adorabilidad una abejita le preguntará siempre por su día y Elenita morirá de amor porque no se puede ser más mona en esta vida y además tener tanta sabiduría en su sonrisa.
Se van formando familias, la última vez que vió a otra gran persona, tenía la tripa algo más hinchada de lo habitual. Elenita había podido “medio-presenciar” aquel hecho tan maravilloso.
Pero hay necesidades primarias así que se dirige a los baños. Jamás ha bajado las escaleras, porque, según ella, en un sótano supersecreto guardan una máquina del tiempo y prefiere no saber que seguramente ahí estén los trastos de limpieza. Ignorance is power! Le hace gracia que, como en todos los baños públicos, las puertas estén pintorrajeadas. Pero estas son especiales. Muchos se dedican a corregir las faltas de ortografía de antiguos mensajes y alguien ha reducido el simbolismo de una esbástica transformándolo en un molino gigante.
Poco después, se tumba en los bancos del pasillo a leer. Se tumba como si de su cama se tratase, llena de protocolo, la niña. Con esa tontería y con mucha amabilidad, ha conseguido que le brillen los ojos a la bordería en persona y dicha bordería todas las mañanas le diga buenos días. Unos tienen matrículas de honor y otros grandes logros en esta vida, no se puede pedir de todo.
Cuidado, el profesor más joven de la facultad ha pasado y ha hecho que un par de chicas se desmayen. WOW. Fan.
Ni que decir tiene que la antigua biblioteca, que no pudo disfrutar, no ha perdido sus historias del todo. Alguien intenta hacerle frente al vacío llenándolo con sus palabras. Estas no vuelan en el aire, se quedan en sus alumnos. Palabras que rompen esos cráneos duros y hormigonados por HighSchool Buildings S.A. Se cuelan dentro y a martillazos intentan hacer que algo funcione ahí dentro.
Entonces llega a clase. Grita buenos días despertando a los pobres diablos que han tenido que coger el tren a las seis de la mañana.
Y ahí viene el mejor momento del día:
“¿Por qué siempre estás tan feliz, Elena?” dicen sus amigos con los ojos legañosos.

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