jueves, 4 de mayo de 2017

4/5/17 22:37 pm, jueves



¿Sabes una cosa que detesto? Esa constante insistencia de querer arrebatarle la libertad a la vida. Sólo se necesita de un par de palabras para bloquear todos los caminos.
Así que sí, por favor. Seguid quitando las asignaturas que hacen volar la imaginación. ¿De qué sirve tener a un niño una hora pintando cuando tiene que recitar que “a” menos “b” por… la raíz cuadrada de… eh... entre… Eso.
Lo gracioso es que eso a lo que nunca atendí no lo he tenido que usar en mi vida, pero si he necesitado pintar. Una amiga, casi desesperada, me ha pedido que le de vida a su cuaderno con mis dibujos. Tatuado en el papel dejé al superhéroe de otra amiga, que lo guarda como oro en paño. Si no fuera por ellos, un portafolio roto sería sólo un pedazo de plástico mal pegado, no parte de mi corazón. Pero no sirve de nada, no sirve de nada arreglar lo que no es material, porque no existe, así que mejor estudia mecánica, será más práctico.
¿Música? ¿A quién le importa eso ahora? No puede ser tan terrorífico el silencio, ¿verdad? Cuando se deberían oír tus pensamientos.
No… lo terrorífico es cuando en esa inquietante tranquilidad tampoco puedes escucharlos, pues no te queda ninguno.
Yo nunca tuve la oportunidad de cursar literatura universal. Sólo dábamos lengua, que consistía en seguir las mismas reglas para escribir, una y otra vez, como ordenadores perfectos, o no aprobaríamos las pruebas de acceso. Tan terroríficas para las medias de una escuela tan preocupada en aparentar.
Me hubiera gustado que alguien, con infinita pasión, hablara de Kafka, de Wilde, Swift y nuestro padrino Cervantes, que se merece mucho más que un puñado de adolescentes buscando resúmenes de sus obras porque no tienen tiempo para disfrutarlas.
Guardo con mucho cariño las clases de Historia del Arte, asignatura que pensé que no podría coger por la falta de alumnado. Con eso lo digo todo.
Eh, ni se te ocurra enviar a un niño a los escenarios, no vaya a ser que aprenda a defender sus ideas y convencerte de ellas. Es malo para la oscura masa de polvo que estamos intentando crear.
¿No te asusta?
Hace mucho que no emociono a los niños. Por supuesto, siempre estaré aquí para ellos, en todas partes, intentando arrancarles una sonrisa sin pedir nada a cambio. No lo quiero, pero a veces, sólo a veces, me encantaría poder encontrarme con los ojos de un niño perdido, que tras una actuación me mirara como si mi personaje fuera su única vía de escape.
La última vez que me pasó fue en el estreno del musical que ahora damos por acabado. Por supuesto que me llena de orgullo y alegría cada aplauso, cada risa, cada abrazo o fotografía, y los niños que agitan la mano en la lejanía porque sus padres les han dicho que no tengan vergüenza y saluden a mi personaje.
Sé que puedo hacerles soñar por dos horas y eso es un superpoder precioso, pero todavía falta algo. Es minúsculo, insignificante, pero lo cambia todo. Ese niño del estreno. Cuando le dije “¿crees en mí?” y él, orgulloso, respondió “sí, siempre”.
Me vi a mí misma en sus ojos, cuando tenía su edad. Lo que hubiera dado por tener la oportunidad de conocer a mi personaje desde fuera hace algunos años.
Se notaba por su respiración agitada lo nervioso que estaba al encontrarse a mi lado, pero no dio ni un solo paso hacia atrás, aquel niño sólo quería avanzar. Aquella tarde supe que sin darme cuenta le había hecho un regalo, al igual que un terrible castigo.
Se iban a burlar de él por creer en mí. Le romperían sus dibujos, sus historias serían catalogadas como tontas y su opinión jamás tendría ni voz ni voto, porque sólo es un niño, qué sabrá él.
Desde hace unos años, cada vez que me junto con niños e intento sumergirlos en una aventura para pasar una tarde divertida, me dicen que no es real. Que no existen los fantasmas, los animales no pueden hablar y que se lo dirán a papá y mamá.
Niños con sus fotos con morritos en el espejo, con pareja para poder encajar en un horrible mundo en el que si no tienes con quién compartir tu estado de WhatsApp, eres irremediablemente un infeliz.
Niños encerrados en escuelas que han dejado de estimularlos. Niños que no quieren aprender. Y adultos que todavía siguen preguntándose el por qué, si “yo ya he hecho todo lo que ponía en las instrucciones”.
La palabra “niño” ha perdido todo su significado.
De hecho, a veces pienso que la propia “palabra” lo está perdiendo todo, como si ya no quedaran guerreros que lucharan en su nombre.
Y un nombre es lo más importante.
Hace mucho tiempo leí, y que me aspen si no fue el primer libro (de más de diez páginas) que leí, que la Nada se apoderaría de todos nosotros. Sumiría en la más profunda oscuridad toda la belleza. Mataría la identidad. A no ser que un niño volviera a darle un nombre al corazón de la Fantasía. Palabras para alimentar la magia.
Pero ningún niño podrá salvarnos si les prohibimos utilizarlas.

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